Las ambigüedades de la medicina: cuando lo que parecía verdad dejó de serlo

 

Aunque la ciencia médica es frecuentemente celebrada por sus extraordinarios logros, existe un reverso menos cómodo en su historia: el legado de conceptos considerados verdades absolutas que, posteriormente, la propia ciencia desmitificó.

Durante siglos, médicos competentes, bienintencionados y respetados defendieron teorías y tratamientos que hoy nos parecen extraños, inútiles o incluso peligrosos. Algunos se basaban en conocimientos incompletos; otros, en observaciones mal interpretadas; algunos se mantuvieron por tradición; otros, por la autoridad de sus defensores. Y hubo situaciones en las que una práctica novedosa, que más tarde demostró ser correcta, fue recibida inicialmente con desconfianza o franca burla.

Esto no significa que la medicina sea un fraude o que «la ciencia no sepa nada». Significa exactamente lo contrario: la ciencia es valiosa porque admite la posibilidad de estar equivocada.

 

Cuando lavarse las manos parecía una excentricidad

Pocas historias ilustran mejor esta característica de la medicina que la de Ignaz Semmelweis.

En la década de 1840, la fiebre puerperal era una de las principales causas de muerte materna tras el parto. Semmelweis observó que la mortalidad era mucho mayor en una de las clínicas obstétricas del Hospital General de Viena, donde las mujeres eran examinadas por médicos y estudiantes que también trabajaban en las salas de autopsias.

Advirtió un hecho perturbador: cuando los médicos se lavaban las manos con una solución de cal clorada antes de examinar a las parturientas, la mortalidad caía drásticamente. Entre 1847 y 1849, la disparidad entre las clínicas prácticamente desapareció (Semmelweis, 1847–1849; Best; Neuhauser, 2004).

Hoy parece evidente. En aquella época, no lo era. La teoría microbiana de la enfermedad aún no estaba consolidada. La idea de que las manos de los médicos pudieran transportar un agente invisible desde un cadáver hasta una mujer sana resultaba difícil de asimilar. La propuesta halló resistencia, y la adopción sistemática de la antisepsia obstétrica tardó décadas. El trabajo posterior de Joseph Lister y el desarrollo de la teoría microbiana contribuyeron decisivamente a transformar la práctica quirúrgica (Tröhler, 2015).

Lister publicó en 1867 su clásico trabajo sobre el principio antiséptico en cirugía. Su planteamiento también suscitó debate y escepticismo, especialmente en Gran Bretaña. La aceptación no ocurrió de la noche a la mañana.

La historia suele contarse como si Semmelweis hubiese descubierto una verdad palpable que médicos testarudos se negaron a ver. La realidad es más compleja: contaba con una observación clínica de enorme valor, pero carecía de una explicación microbiológica adecuada.

Esta distinción es fundamental. Se puede tener razón respecto a un fenómeno empírico y estar equivocado en su explicación causal. Del mismo modo, una teoría en apariencia elegante puede perpetuarse durante mucho tiempo sin generar beneficios clínicos reales.

 

Desangrar al paciente para curarlo

Durante siglos, la sangría fue uno de los pilares terapéuticos esenciales de la medicina occidental. La flebotomía se practicaba ante innumerables enfermedades, respaldada por concepciones fisiológicas que parecían coherentes dentro del marco médico de cada periodo.

Hoy sabemos que, para la inmensa mayoría de las afecciones en las que se prescribía, la sangría resultaba ineficaz o francamente perjudicial.

Su evolución histórica es reveladora porque su abandono no derivó del descubrimiento súbito de una verdad indiscutible. Fue un declive progresivo, fruto de un cambio profundo en la comprensión del cuerpo humano y de la propia enfermedad (Drakman, 2025).

La medicina contemporánea aún recurre a la sangría terapéutica en escenarios concretos, como la hemocromatosis y la policitemia vera. Por tanto, concluir que «la sangría es intrínsecamente mala» pecaría de simplismo. Una misma intervención puede ser inútil en un cuadro clínico y decisiva en otro. El contexto define su validez.

 

El cigarrillo que calmaba los nervios

Hoy resulta difícil concebirlo, pero el tabaco no solo fue tolerado: durante siglos se consideró una suerte de fitofármaco y fue administrado por médicos con múltiples propósitos terapéuticos (Greene, 2020).

Ya en el siglo XX, la industria tabaquera apeló al prestigio médico para proyectar una imagen de inocuidad. Durante las décadas de 1930 y 1940, la publicidad de cigarrillos recurría abiertamente a los facultativos para asociar determinadas marcas con una menor irritación laríngea o un perfil más seguro (Gardner; Brandt, 2006).

Existía, además, una percepción subjetiva que reforzaba tal noción: fumar parecía aplacar la ansiedad.

En la actualidad comprendemos el mecanismo con claridad. La nicotina puede generar alteraciones anímicas agudas y mitigar temporalmente sensaciones molestas; sin embargo, en fumadores dependientes, gran parte de ese presunto sosiego corresponde únicamente al alivio de los síntomas de abstinencia generados por la propia adicción (Parrott, 2003).

Lo que se presentaba como un ansiolítico no hacía sino alimentar el problema que supuestamente mitigaba. Es una advertencia insoslayable para la clínica actual: el alivio inmediato de un síntoma no constituye prueba de beneficio a largo plazo.

 

Cuando refinar los alimentos parecía progreso

La historia de la nutrición alberga paradojas similares. Con la expansión del molino y el pulido industrial, granos como el arroz pasaron a refinarse intensamente. El arroz blanco resultaba más atractivo a la vista, ofrecía mayor vida útil y se comercializaba como un producto de categoría superior.

Sin embargo, el pulido eliminaba las capas exteriores del grano, ricas en micronutrientes indispensables.

Las investigaciones de Christiaan Eijkman —más tarde galardonadas con el Premio Nobel— demostraron el vínculo entre el consumo de arroz pulido y una patología semejante al beriberi en modelos animales. Estudios posteriores esclarecieron que el trastorno obedecía a la carencia de un nutriente que hoy denominamos tiamina o vitamina B1 (Eijkman, 1897; Carpenter, 1995).

La paradoja es reveladora: la innovación tecnológica había generado un alimento aparentemente más limpio, refinado y cotizado, pero le había extirpado su valor nutricional básico.

Esto no implica que todo alimento refinado sea perjudicial. Recuerda, más bien, que la estética, la palatabilidad, la conservación comercial, la tecnología y el aporte nutricional no son sinónimos: una distinción plenamente vigente.

 

El alcohol y el mito de la «dosis saludable»

Pocas sustancias han propiciado tanta ambivalencia en el discurso médico como las bebidas alcohólicas.

Durante décadas se consolidó la tesis de que dosis moderadas —especialmente de vino tinto— ejercían un efecto cardioprotector. Diversos estudios observacionales reportaban correlaciones entre el consumo moderado y una menor incidencia de eventos cardiovasculares, sustentando la célebre curva en «J».

El problema radica en que correlación estadística no equivale a causalidad. El exhaustivo estudio del Global Burden of Disease publicado en The Lancet en 2018 evaluó registros de 195 países y concluyó que el riesgo integral para la salud se incrementa con cualquier nivel de consumo, determinando que el umbral que minimiza la pérdida de salud es cero (GBD 2016 Alcohol Collaborators, 2018).

Ello no convierte en negligentes a los profesionales que en su día sugirieron «una copa de vino por el corazón». Refleja, simplemente, que la lectura de las pruebas empíricas se ha perfeccionado. Cuando metodologías más avanzadas controlan sesgos de confusión y selección, recomendaciones ampliamente asumidas deben ser replanteadas.

 

Fármacos de perfil prometedor

La historia de la farmacología aporta ejemplos contundentes. La talidomida, lanzada a finales de los años cincuenta como sedante y antiemético para el embarazo, se comercializó a escala global y provocó miles de casos de malformaciones congénitas. En Estados Unidos, la doctora Frances Kelsey, revisora de la FDA, frenó su aprobación ante la fragilidad de los datos toxicológicos presentados. Aquel desenlace impulsó reformas legislativas históricas que exigieron pruebas fehacientes de eficacia y una rigurosa evaluación de seguridad previa a la comercialización (FDA, 2023).

Otro caso paradigmático fue el dietilestilbestrol (DES). Prescrito durante décadas a gestantes para prevenir abortos espontáneos y partos pretérmino, posteriormente evidenció su ineficacia para tales fines y se asoció con un riesgo elevado de adenocarcinoma de células claras de vagina y cérvix en hijas expuestas in utero (NCI, 2026).

No eran pócimas de curanderos: formaban parte de la farmacopea establecida. Esta lección redefine el término convencional: lo convencional alude a lo consensuado en un periodo específico, no a una verdad definitiva.

 

Cirugías que cumplían el objetivo, pero a un coste inasumible

La evolución quirúrgica exhibe dilemas análogos. En la cirugía de la obesidad, la derivación yeyunoileal, desarrollada entre los decenios de 1950 y 1960, lograba descensos de peso notables mediante una mutilación drástica de la superficie absortiva intestinal.

No obstante, tal eficacia funcional conllevaba graves repercusiones: diarreas incoercibles, desequilibrios electrolíticos refractarios, desnutrición severa, esteatohepatitis terminal y nefropatía por oxalato. La técnica fue finalmente descartada (Kremen et al., 1954; Griffen, 1981).

Surge aquí un principio axial: no basta con que una intervención altere el parámetro diana. Es imperativo calcular el coste biológico. Una terapéutica puede abatir un biomarcador, yugular un síntoma o provocar una intensa reducción de masa corporal y, aun así, mostrar un balance riesgo-beneficio insostenible.

 

La lobotomía y el peso de la autoridad

Pocos precedentes resultan tan aleccionadores como la lobotomía prefrontal. Ideada por António Egas Moniz, esta técnica psicoterapéutica gozó de inmenso prestigio clínico, al punto de que Moniz recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1949 por sus aportaciones a la leucotomía. El método se practicó masivamente en diversas latitudes.

Con el tiempo, las secuelas irreversibles resultaron innegables: embotamiento afectivo irreversible, alteraciones profundas de la personalidad y severo deterioro cognitivo. La llegada de los neurolépticos en los años cincuenta precipitó su abandono (Mundalil Vasu; Bunch, 2014).

El episodio resulta inquietante porque prueba que una propuesta respaldada por el máximo galardón científico puede verse luego despojada de su validez médica. Los premios no convierten las hipótesis en verdades inmutables.

 

Cuando el oxígeno resultó lesivo

La neonatología brinda otra lección semejante. Durante buena parte del siglo XX, se administró oxígeno sin restricción a prematuros. Años de seguimiento clínico permitieron asociar esa hiperoxia no monitorizada con la retinopatía de la prematuridad, una causa relevante de amaurosis infantil.

La conclusión dista de ser maniquea: el recurso que preserva la vida ante una hipoxemia aguda lesiona el lecho microvascular cuando se emplea en exceso. No se trata de clasificar el oxígeno como «bueno» o «malo». Dosis, ventana de oportunidad, criterio de indicación y contexto clínico determinan el resultado neto.

 

Terapia hormonal de reemplazo

Estas revisiones no conciernen únicamente a épocas remotas. En 2002, el ensayo clínico de la Women’s Health Initiative (WHI) suspendió anticipadamente la rama de estrógenos combinados con progestina tras constatar un incremento en las tasas de cardiopatía isquémica, ictus, tromboembolismo pulmonar y cáncer de mama invasivo. En 2004, la rama de estrógenos en monoterapia corrió la misma suerte, tras detectarse un mayor riesgo cerebrovascular y la ausencia de los beneficios cardiovasculares esperados (WHI, 2026).

Esto no implica que la terapia hormonal carezca de valor terapéutico. Significa que la pregunta clínica jamás debe reducirse a un simple: «¿funciona este tratamiento?». Las interrogantes deben ser más precisas:

  • ¿Para qué perfil de paciente?
  • ¿Bajo qué indicación concreta?
  • ¿A qué edad o distancia de la menopausia?
  • ¿Con qué dosis y vía de administración?
  • ¿Durante cuánto tiempo?
  • ¿Frente a qué comparador?
  • ¿Cuáles son sus beneficios y riesgos netos?
  • ¿Cuál es el riesgo absoluto estimado?
  • ¿Qué desenlaces se registran a cinco, diez o veinte años?

 

Cuestionar la ciencia no significa atacarla

Así es como la ciencia, y en particular la medicina, progresa. El problema cardinal no reside en el desconocimiento, sino en la incapacidad de admitir que las premisas vigentes pueden ser falibles. La ignorancia asume la falta de datos; el error científico sobreviene cuando creemos saber algo y más tarde constatamos el desacierto de nuestra convicción.

Este último entraña un riesgo superior al ir acompañado de una falsa certidumbre. Diversos factores alimentan esta complacencia:

  • Autoridad: validar una pauta solo porque una figura eminente la refrenda;
  • Tradición: presumir la eficacia de un acto médico solo por su prolongada costumbre;
  • Experiencia anecdótica: extrapolar impresiones individuales aisladas a la regla general;
  • Verosimilitud biológica: asumir que una teoría mecánicamente atractiva se traduce forzosamente en eficacia clínica;
  • Asociación estadística: confundir correlación epidemiológica con causalidad directa;
  • Marcadores subrogados: asumir que normalizar un valor de laboratorio equivale a frenar una patología;
  • Presión comercial: difusión mercadotécnica desproporcionada respecto al rigor de las pruebas;
  • Fascinación tecnológica: atribuir superioridad intrínseca a cualquier innovación por el mero hecho de ser reciente.

La medicina moderna diseñó métodos específicos para mitigar tales sesgos: ensayos clínicos aleatorizados, enmascaramiento, análisis por intención de tratar, revisiones sistemáticas, metaanálisis, farmacovigilancia y epidemiología causal.

Pese a ello, ningún instrumento elimina por completo el riesgo de error. La ciencia no consiste en un catálogo de dogmas pétreos. Admitir su falibilidad no es desacreditarla, sino reconocer su naturaleza epistémica.

Una formulación científica no requiere ser eterna para ser útil: precisa ser la explicación más plausible frente a los datos disponibles, manteniéndose dispuesta a la rectificación tan pronto surjan hallazgos más contundentes. Esta capacidad autorreguladora distingue la ciencia de la doctrina. El saber biomédico es, en esencia, provisional, lo cual no supone caer en el relativismo: dista un abismo entre una conjetura sin sustento y un protocolo validado por decenas de ensayos controlados. La humildad metodológica no equivale a la equiparación indiscriminada de opiniones.

Reconocer los límites de las pruebas científicas no significa situar la medicina basada en la evidencia al nivel de opiniones arbitrarias vertidas en redes sociales; exige, más bien, someter incluso los paradigmas consolidados a un escrutinio permanente.

 

La prudencia no equivale a la inmovilidad

Frente al catálogo de fallos históricos, surge a veces la tentación del escepticismo radical: recelar sistemáticamente de toda novedad. Sería un yerro de igual magnitud.

Si la medicina pretérita hubiese descartado todo avance aduciendo suficiencia epistémica, conquistas como la asepsia, las inmunizaciones, los antibióticos, la anestesia general, la cirugía cardiovascular y las unidades de cuidados intensivos jamás habrían fructificado.

La madurez clínica equidista de dos extremos: ni abrazar ciegamente la novedad ni repudiar por inercia lo emergente. Se precisa una curiosidad disciplinada combinada con prudencia metodológica. Una hipótesis merece ser escuchada; un abordaje clínico naciente merece ser ensayado; un hallazgo fortuito exige investigación.

Ahora bien: una hipótesis plausible no debe transmutarse prematuramente en pauta asistencial, ni una terapia incipiente en indicación universal.

 

El progreso radica en saber rectificar

Pocas cualidades ennoblecen tanto el ejercicio médico como la disposición a admitir el error. Ningún estigma debería recaer sobre la retirada de una práctica obsoleta ante pruebas que la desmientan. Lo inadmisible es perpetuar maniobras perjudiciales por inercia institucional, mercadotecnia o sumisión jerárquica.

  • Semmelweis acertó en la necesidad del lavado de manos, aun con una teoría causal incompleta.
  • La sangría fue abandonada al desplomarse su base conceptual ante la evaluación clínica.
  • El tabaco perdió su halo terapéutico cuando quedó patente su devastador impacto biológico.
  • La talidomida y el DES forzaron una vigilancia toxicológica y farmacológica sin precedentes.
  • El baipás yeyunoileal recordó que la eficacia terapéutica no puede cobrarse la integridad metabólica del individuo.
  • Los ensayos sobre terapia hormonal revelaron la necesidad de cohortes prospectivas para contrastar hipótesis seculares.
  • El debate del alcohol constata que la orientación dietética debe depurarse de sesgos epidemiológicos residuales.

 

La medicina venidera rectificará la medicina actual

Resulta inevitable prever que muchos de los consensos vigentes sufrirán modificaciones. Pautas dietéticas hoy consagradas serán matizadas; intervenciones farmacológicas resultarán desproporcionadas en poblaciones específicas; biomarcadores hoy solicitados con asiduidad perderán predicción clínica; procedimientos vigentes serán relevados por técnicas menos invasivas; y entidades clínicas hoy catalogadas bajo una etiqueta única se desglosarán en fenotipos fisiopatológicos dispares.

Este horizonte no debe suscitar desaliento: describe la trayectoria natural del conocimiento humano.

El clínico precisa conjugar dos virtudes complementarias: apertura y prudencia. Apertura para sopesar la innovación; prudencia para contener su implementación antes de tiempo; humildad para reconocer los márgenes de su saber; y entereza para retirar una intervención en cuanto las pruebas desaconsejen su prosecución.

 

Una medicina con la humildad necesaria para seguir aprendiendo

Tras más de un siglo de transformaciones biomédicas, la disciplina preserva su principio más valioso: corregir el rumbo cuando la evidencia se transforma no constituye un fracaso, sino un ejercicio de probidad.

La ciencia no es un monumento imperecedero: es un proceso empírico continuado. Es la certidumbre de nuestra falibilidad lo que nos compele a refinar los ensayos, a medir desenlaces clínicamente trascendentes, a vigilar a las cohortes a largo plazo y a guardar distancia tanto de las rutinas fósiles como de las modas pasajeras.

La medicina debe preservar el espíritu crítico que desterró la sangría, clausuró intervenciones mutilantes, reconoció la toxicidad del tabaco, retiró moléculas lesivas e instauró la antisepsia.

El profesional más riguroso no es quien presume de infalibilidad, sino aquel que estructura su método de modo que cualquier inconsistencia quede expuesta a la mayor brevedad posible. Esa constituye la forma más genuina de respetar la ciencia y, por encima de todo, de proteger al paciente.

 

Exención de responsabilidad

Este texto posee una finalidad formativa y de análisis histórico. La evolución médica se expone aquí de forma panorámica y no debe emplearse para iniciar, suspender o alterar tratamientos clínicos. El hecho de que un procedimiento haya sido modificado o abandonado no invalida automáticamente sus derivaciones técnicas o indicaciones contemporáneas. Las decisiones terapéuticas requieren una valoración individualizada que pondere indicaciones precisas, pruebas vigentes, balance riesgo-beneficio y tutela médica especializada.

 

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